lunes, 5 de septiembre de 2016

1. Cáscaras de pipas


Había una vez una hormiga que vivía en un hormiguero a un metro bajo el suelo.
Era una hormiga muy ocupada, todos los días salía con sus compañeras y seguían la misma ruta de siempre, atravesando el jardín por un camino de arena rodeando el parque de los columpios a gran velocidad escondiéndose de las furiosas larvas humanas hasta llegar bajo una enorme montaña de madera donde encontraban su bien más preciado: las cáscaras de pipas.
Cada hormiga volvía a casa con una enorme cáscara de pipa sobre su espalda y las dejaban en una de las numerosas salas del hormiguero, en el piso 23, 3 pasillos a la izquierda, 1 a la derecha, aunque no sabían para qué, ya que su deber era solamente recogerlas de debajo de la enorme montaña de madera.

Así pasaron días y días, saliendo y entrando por el hueco del hormiguero con su tesoro hasta que un día nuestra pequeña hormiga empezó a preguntarse para qué servían aquellas cáscaras de pipas.
-¿Para qué sirven?- le preguntó a una de las hormigas de su grupo, que le contestó encogiéndose de hombros y saliendo rápidamente del piso 23.
-¿Para qué sirven?- le preguntó a una de sus compañeras que salía veloz del piso 14 hacia el 13.
-¿Para qué sirve qué?- respondió su compañera
-¡Las cáscaras de pipas!
-¡Como no lo sepas tú!- gritó la otra hormiga que ya se perdía entre las galerías del piso 13.

Seguía saliendo día tras día a la misma hora con su grupo hacia la montaña de madera, pero al contrario que sus compañeras que las llevaban a la espalda, ella volvía al hormiguero observando detenidamente su cáscara de pipa de arriba abajo buscando cualquier peculiaridad ayudándose con sus antenas. 
-Huele bien…
-¿Qué?- le gritó la compañera que iba delante de ella en la formación.
- Que… ¡Que huele bien!
-¿Que huelo bien?
-¡La cáscara huele bien!
-¡Ya, ya lo sé! ¡Pero no te distraigas!- las hormigas tenían que hablarse gritando porque no se escuchaban bien una delante de la otra.
Cuando llegaron al piso 23, antes de dejar su tesoro en la sala, la hormiga quiso preguntarle a su compañera si sabía para qué servían ya que ella también había reparado en que olían bien, pero en cuanto puso un pie fuera de la sala su compañera había desaparecido hacia el piso 24. Su turno había terminado y tendría que esperar al día siguiente.

Cuando el grupo volvió a salir la hormiga no estaba segura de si su compañera de enfrente era la misma que la del día anterior, todas eran muy parecidas.
-¡Huelen bien!
-¡Ya, ya lo sé!- le respondió. Por suerte era la misma.
-¿Para qué sirven?
-¿Las cáscaras?
-¡Sí!
-¡Huelen bien!
La hormiga se quedó perpleja. No sabía si su compañera estaba bromeando, ya sabía que olían bien. Las dos sabían que olían bien, ya había quedado claro.
-Pero, ¿por qué nos las llevamos? ¿Qué hacen con ellas? ¿Sirven para dar de comer a nuestros pequeños? ¿Para fortalecer las paredes? ¿Son trampas para nuestros enemigos? ¿Hacen algo?
-¡No, nada de eso!
-¿No? ¿Entonces qué?
-¡Solo huelen bien!
El asombro de la hormiga era tal que no podía apartar la vista de su compañera de enfrente y sus antenas apuntaron al cielo durante toda la jornada.

Cuando llegaron a la sala del piso 23 a depositar las últimas cáscaras aún estaba impresionada. No podía creer que todas sus compañeras se jugaran el tipo todos los días, todos los días a la misma hora, enfrentándose a otros insectos peligrosísimos del jardín, escondiéndose de los humanos más pequeños y esquivando a los más grandes solo para recoger esas cáscaras que habían sido hasta entonces el mayor tesoro que había existido jamás, porque solo y simplemente olían bien.

Cuando volvía a su casa, el piso 22, 3 pasillos a la derecha, 1 a la izquierda, seguía sin creer que había estado toda su vida custodiando esos chismes sin valor. Estaba tan enfadada que iba apartando a todas las hormigas de su camino de un empujón.
Al sentarse en una de las esquinas de su casa, dos de sus compañeras se fijaron en la dirección de sus antenas y se acercaron a ella.
-¿Estás bien?- preguntaron a la vez
-¡No y no!- respondió su amiga poniéndose colorada de rabia.
-¿Qué ha pasado?– aquellas hormigas hablaban a la vez como si fueran una sola y movieron sus antenas hacia ella preocupadas.
-¡He descubierto para qué sirven las cáscaras de pipas!
-¿En serio? ¡Cuéntanoslo! ¿Para qué sirven?– las hormigas habían estado escuchando las dudas y preguntas de su compañera todos los días y había sembrado la curiosidad en ellas también.
-¡Para nada!– las hormigas dirigieron sus antenas hacia el techo -¡No sirven para nada! ¡Sólo huelen bien!
Sus compañeras se quedaron con la misma cara que ella, mirando al suelo con tristeza y una profunda decepción.
Así transcurrieron unos minutos hasta que una de ellas levantó la mirada.
-Y… ¿y a qué huelen?
Su compañera la miró y con entusiasmo preguntó de nuevo.
-¡Eso! ¿A qué huelen?
-¿Eh?... Pues, pues…Huelen, huelen a…
No podía creérselo, no recordaba nada parecido que pudiera comparar con el olor de las cáscaras de pipas. Era un olor maravilloso, pero no se acordaba exactamente cómo era y no podía describírselo a sus dos amigas
-No recuerdo cómo huelen.– les respondió a las hormigas que se entristecieron de nuevo, pero rápidamente una de ellas volvió a levantar la mirada.
-¿Podríamos olerlas nosotras también?
-¡Si! ¡Por favor!- su amiga comenzó a dar pequeños saltitos de alegría ante la posibilidad de poder oler aquello de lo que siempre hablaba su compañera.
Nuestra hormiga miró a las dos a sus grandes ojos. Ellas se dedicaban a hacer más y más pisos en el hormiguero por lo que no tenían muchas oportunidades de salir fuera ni de experimentar cosas nuevas. Oler, aunque fuera un segundo, una de las numerosas cáscaras de pipas que había justo debajo de ellas en el piso 23 sería uno de los mejores momentos de su vida.
Así que, moviendo sus antenas hacia sus amigas se levantó de la esquina de su casa en el piso 22 y gritó con absoluta determinación.
¡   -¡Seguidme!

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